Un tráiler de un videojuego indie ha evocado recuerdos poderosos en mí, conectándome con mi infancia y recordando cómo los videojuegos fueron más que un simple entretenimiento. Con títulos como *To the Moon*, *Super Mario 64* y otros, se revela cómo estos momentos nos acompañan y nos ayudan a reconectar con nuestro pasado. La nostalgia se convierte en una promesa de regresar a esos momentos en los que era suficiente simplemente jugar.
- La nostalgia de los videojuegos como un puente hacia nuestra infancia.
- Los sentimientos que evocan los juegos no están ligados a la técnica, sino a las experiencias personales.
- La promesa de un mundo donde el tiempo no tiene valor.
- Aceptar que acumulamos juegos como recuerdos, esperando a ser revividos.
- La mezcla de emociones al recordar las promesas y sueños de la infancia a través de los videojuegos.
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Tabla de contenidos
La nostalgia de los videojuegos
Hay un tráiler de un juego indie que me ha hecho llorar esta semana. No exagero, o bueno, tal vez un poco, pero tengo treinta y tantos años y todavía me sorprendo cuando un video de dos minutos logra colarse por alguna rendija que creía cerrada. El juego se llama To the Moon y lo conozco desde hace años, pero el tráiler de su adaptación animada me pilló desprevenido un jueves por la noche, con el portátil en el sofá y el café ya frío. Y de repente, sin avisar, estaba otra vez en casa de mis abuelos, con la Nintendo 64 conectada a una tele de tubo que pesaba como un mueble, y el mundo era pequeño y perfecto.
Recordar a través de los juegos
Esa es la cosa con los videojuegos y la memoria: no elegimos qué nos vuelve, sino cómo. A veces es un pixel mal dibujado, otras una melodía de ocho bits que suena en el momento justo. Recordar en infancia y ocio no es simplemente evocar una época dorada, sino aceptar que esos momentos nos acompañan de formas que ni siquiera entendemos del todo. Por eso sigo viendo tráilers de indies a altas horas de la madrugada, buscando quizás no un juego nuevo, sino una excusa para sentirme otra vez ese niño que se quedaba embobado frente a la pantalla.
Las promesas de la infancia
El otro día, en un foro de Steam, alguien preguntaba: «¿Cuál es el primer juego que recuerdas haber jugado?» Las respuestas eran un catálogo de infancias compartidas: Super Mario 64, Crash Bandicoot, Pokémon Azul, Age of Empires II, El profesor Layton. Gente de todas las edades escribiendo con una mezcla de nostalgia y cariño que parecía sacada de una carta de amor. Curiosamente, nadie hablaba de gráficos o de mecánicas innovadoras. Hablaban de tardes enteras, de la luz de la habitación, del olor del plástico caliente de la consola. Recordar en infancia y ocio es recordar cómo se sentía tener tiempo, ese lujo que de adultos administramos como si fuera moneda escasa.
La ironía del backlog
Yo empecé con un clón de la Game Boy que mis padres me trajeron un reyes. No era original, claro, pero para mí era lo más parecido a un tesoro que podía existir. Tenía un cartucho con 999 juegos en uno, que en realidad eran el mismo tres o cuatro veces con nombres cambiados. Pero a mí me bastaba. Pasaba las tardes jugando al Tetris con las letras chinas en la pantalla, sin entender nada, pero sintiendo que el mundo ahí dentro era mío. Eso es lo que busco ahora cuando abro Steam un domingo por la tarde «solo para una partida rápida» y amanezco lunes. No es el juego, es la promesa de volver a ese lugar donde el tiempo no importaba.
El descubrimiento de la Game Boy
El tráiler del que hablaba al principio, el de To the Moon, muestra a dos niños corriendo por un campo, prometiéndose algo que solo los niños pueden prometer. Y mientras lo veía, pensé en todos los juegos que han sido eso para mí: promesas. Journey prometía que no estaba solo en el desierto. Stardew Valley prometía que podía empezar de cero. Animal Crossing prometía que siempre habría alguien esperando en la isla. Celeste prometía que subir la montaña era posible, aunque cayera mil veces. Los juegos no son solo ocio: son formas de recordar quiénes fuimos y de imaginar quiénes podríamos ser.
Y luego está la ironía, claro. Porque también recuerdo prometer que iba a terminar mi backlog. Que iba a jugar solo una hora. Que esta vez no iba a comprar otro juego en las rebajas de Steam. Pero ahí estoy, con una biblioteca que crece más rápido que mi capacidad de jugar, y una lista de deseos que parece la carta a los Reyes Magos de un adulto con problemas de autocontrol. «Mi biblioteca de Steam tiene más juegos sin abrir que mi nevera», escribí una vez en Twitter, y alguien respondió: «Eso no es un problema, es un plan de pensiones emocional». Y tenía razón.
Porque recordar en infancia y ocio también es eso: aceptar que acumulamos mundos como otros acumulan cromos o sellos. Que cada juego sin abrir es una promesa de tarde de sábado, de sofá, de café frío y de olvido del mundo real. Que quizás no jugamos para ganar, sino para recordar cómo se sentía tener tiempo para perderse.
El otro día, rebuscando en una caja vieja, encontré mi Game Boy Color. La abrí y, sorprendentemente, aún tenía pilas. La pantalla se encendió con ese verde tenue de siempre, y apareció el menú de Pokémon Cristal. No guardaba partida, claro, pero durante un segundo, antes de que la pantalla se apagara, sentí exactamente lo mismo que a los ocho años. Esa mezcla de emoción y calma, de saber que ahí dentro había un mundo esperando. Y pensé: quizás no dejamos de jugar, solo cambiamos los mundos donde seguimos viviendo.
Así que esta noche, mientras escribo esto con el café ya frío y el portátil a punto de quedarse sin batería, voy a abrir Steam. No sé qué jugaré. Tal vez vuelva a To the Moon, o tal vez me deje llevar por algún indie del que no haya oído hablar. Pero lo haré sabiendo que, de alguna forma, seguiré siendo ese niño que miraba la pantalla con los ojos abiertos, prometiéndose a sí mismo que el mundo era más grande de lo que parecía.
Y tú, ¿qué juego te prometiste jugar y todavía espera en tu biblioteca, como un recuerdo que no se ha decidido a volver?