A veces me encuentro haciendo cosas raras con los videojuegos. No me refiero a speedruns ni a mods imposibles, sino a esas pequeñas ceremonias privadas que uno inventa cuando nadie mira. El otro día, por ejemplo, saqué mi vieja PlayStation 2 del armario —sí, esa que prometo limpiar desde 2019—, la conecté al televisor pequeño que tengo en el estudio, y me senté a mirar la pantalla de título de Shadow of the Colossus durante varios minutos.
Solo eso. La música, el viento, ese caballo que respira. Y yo, con el café ya frío a mi lado, preguntándome por qué demonios tardé tanto en volver a hacer esto.
Lo curioso es que no estaba «jugando» en el sentido tradicional. No mataba colosos, no avanzaba una historia, no desbloqueaba logros. Estaba haciendo otra cosa: estaba apreciando. Y creo que ahí hay una clave que hemos olvidado en esta era de catálogos infinitos y notificaciones de «última oportunidad antes de que salga de Game Pass».
Resumen
Apreciar en videojuegos clásicos no se limita a jugarlos, sino que implica detenerse a contemplar los detalles y la experiencia que ofrecen. Este acto de apreciar nos aleja de la urgencia actual de la cultura gamer, y nos devuelve momentos de serenidad que nos hacen reflexionar sobre la naturaleza del juego.
Ideas clave
- La apreciación de juegos clásicos es una forma de resistencia contra la ansiedad moderna.
- Existen rituales y momentos de contemplación en los videojuegos que enriquecen la experiencia.
- Los juegos clásicos ofrecen espacios de silencio y tranquilidad que fomentan la reflexión.
- Apreciar implica detenerse, escuchar música y observar detalles, no solo jugar para completar.
Tiempo estimado de lectura
Aproximadamente 6 minutos.
Tabla de contenidos
Contenido principal
Recuerdo que, cuando empecé a jugar Super Mario World de niño, iba como un poseso. Saltaba, corría, moría, reiniciaba. Nunca me paré a mirar cómo las nubes se movían en segundo plano con una cadencia casi hipnótica, ni cómo el diseño de los arbustos repetía formas pero cambiaba colores para engañar al ojo. Eso lo aprecio ahora, con treinta y tantos, cuando ya no me importa llegar al final del nivel porque he entendido que el verdadero juego está en los pliegues.
Apreciar es, también, una forma de resistencia contra esa ansiedad moderna que nos empuja a consumir más rápido de lo que podemos saborear. Steam, con su biblioteca que crece como una deuda, es un monumento a esa imposibilidad. «Juego a esto tres minutos, lo dejo, me paso a esto otro, veo un tutorial, lo cierro, abro algo más». Y así pasamos la tarde, como changos frente a una máquina de refrescos, pulsando botones sin sed.
Pero cuando vuelves a un clásico, algo cambia. No hay actualizaciones, no hay DLC, no hay presión social de terminar la historia antes de que todos la hayan spoilereado. Está el juego, tú, y el tiempo que decidas invertir. Y si te sientas a mirar el menú de Chrono Trigger solo para escuchar la música, nadie te va a juzgar. Bueno, quizás tu yo de doce años, que te miraría con cara de «¿qué te pasa, abuelo?».
El otro día me encontré con un hilo en Reddit donde alguien preguntaba: «¿Cuál es tu ritual favorito al jugar un juego clásico?». Las respuestas eran preciosas. Gente que repetía el prólogo de The Legend of Zelda: Ocarina of Time solo por la escena de la salida del sol. Alguien que abría Final Fantasy VII y dejaba el cursor en «New Game» durante un minuto, como si necesitara prepararse emocionalmente. O esa persona que confesaba que, en Silent Hill 2, a veces solo caminaba por la niebla sin rumbo, escuchando el crujido de la radio.
Eso es apreciar. No es nostalgia barata ni postureo retro. Es una forma de jugar que no busca la eficiencia, sino la experiencia. Y es difícil de explicar fuera de este círculo de personas que entienden que una partida puede ser solo mirar cómo cambia la luz en un pixel art bien hecho.
A veces pienso que los juegos clásicos tienen una ventaja sobre los modernos precisamente en esto: tienen espacios de silencio. No quiero decir que no tengan acción, sino que dejan momentos para que el jugador respire, mire alrededor, sienta el mundo. Los juegos de hoy, con sus marcadores de objetivos, sus tutoriales interminables y sus mapas llenos de iconos, apenas te dejan espacio para la contemplación. Todo es urgencia. Todo es «ve ahí», «haz esto», «desbloquea aquello». Y al final del día, tienes la sensación de haber completado una lista de la compra, no de haber vivido una aventura.
Por eso vuelvo. Por eso tengo una carpeta en el escritorio llamada «Clásicos» con emuladores y ROMs que no toco en meses, pero que están ahí, como un refugio. Cuando el mundo pesa, cuando Steam me grita que tengo 400 juegos sin tocar, cuando siento que jugar se ha vuelto otra tarea pendiente, abro uno de esos títulos. No para terminarlo. Para estar.
Hace unas noches, con insomnio y el cansancio de la semana encima, encendí el emulador de Game Boy Advance y cargué The Legend of Zelda: The Minish Cap. No guardaba partida, así que empecé desde cero. Llegué al primer bosque, maté unos cuantos chuchus, resolví un puzle tonto. Y luego, sin saber muy bien por qué, me quedé quieto. La música del bosque sonaba en loop, ese tema alegre pero contenido, como de mañana de domingo. Y las hojas caían. Y los árboles se movían. Y yo, con treinta y cuatro años, en pijama y con el móvil silenciado, sentí una paz que no encontraba en ningún juego de mundo abierto con gráficos fotorrealistas.
No era el juego. Era el acto de detenerme.
Creo que eso es lo que hemos perdido y lo que los clásicos nos devuelven: la oportunidad de no hacer nada dentro del juego. De simplemente estar. De apreciar el sonido del viento en Majora’s Mask, el temblor de los sprites en el emulador, la textura de los menús de PS1 con ese tono grisáceo que recordaban a plástico barato y sueños enormes.
Quizás por eso conservamos las consolas viejas. No porque las vayamos a usar cada fin de semana, sino porque son como álbumes de fotos que respiran. Y de vez en cuando, cuando el silencio de la tarde nos invita, las encendemos no para jugar, sino para recordar que el juego siempre fue más que mecánicas y puntuaciones.
El juego siempre fue un lugar al que volver.
Y si esta noche abres tu biblioteca de clásicos y eliges uno solo para mirar su pantalla de título, para escuchar su música de inicio, para caminar sin prisa por su primer nivel, habrás entendido de qué hablo. No hace falta que termines nada. No hace falta que desbloquees nada.
Solo necesitas sentarte, soltar el mando un momento, y dejar que el juego te mire a ti también.