Recordando cómo jugar era mirar mundos retro

Recuerdo, con una claridad que a veces me asusta, el suave zumbido de mi vieja tele CRT. Esa que vibraba un poco al encenderse, como si se desperezara, antes de regalarme un mosaico de píxeles que prometían mundos. Era una época de rituales, de mandos con cables que se enredaban en los pies y de promesas silenciosas a uno mismo: “hoy no me levanto hasta que no encuentre la maldita llave”. Y claro, esa promesa venía acompañada de una de las prácticas más entrañables y, a la vez, más frustrantes de la era: analizar en juegos sin conexión.

No estoy hablando de un análisis crítico profundo, de esos que ahora vemos en YouTube con gráficos y tablas. Me refiero a ese acto casi zen de mirar fijamente una pantalla, con los ojos entrecerrados, buscando una pista, un detalle, una sombra fuera de lugar. Era una suerte de meditación forzada, un ejercicio de paciencia que hoy, con la avalancha de información a golpe de clic, parece casi una disciplina perdida.

Piensen en ello. ¿Cuántas horas de nuestra infancia y adolescencia pasamos simplemente observando? Yo recuerdo perfectamente tardes enteras delante de la pantalla de mi Game Boy, con la luz tenue de la habitación y ese verde grisáceo bailando frente a mí. La trama de un muro en Super Mario Land 2, ¿era solo decoración o había una sección secreta? Ese arbusto en Pokémon Rojo, ¿ocultaba un objeto o solo servía para darle textura al paisaje? No había foros que consultar al instante, ni guías en GameFAQs (o al menos, no una a la que tuviera acceso mi conexión de 56k, que ya era un lujo). Había que mirar. Y si no funcionaba, volver a mirar. Y si seguía sin funcionar, apagar la consola, cenar y volver a mirar con la esperanza de que la noche hubiera traído la epifanía.

El arte pixelado, en particular, era un maestro silencioso de esta práctica. Cada píxel era una decisión, un trozo de información comprimido en un cuadrado diminuto. No había texturas hiperrealistas que lo contaran todo; había que interpretar. Unos pocos puntos de luz podían ser el brillo de una espada o el reflejo de una poción. Una serie de cuadrados marrones y verdes, un bosque profundo y misterioso. Los diseñadores nos daban un mapa abstracto y esperaban que nuestra imaginación rellenara los huecos, que nuestro cerebro descifrara los patrones ocultos. Era un contrato tácito entre creador y jugador: «yo te doy las piezas, tú construyes el mundo». Y vaya si lo construíamos.

Es más, esta necesidad de analizar creaba un sentido de comunidad único. En la escuela, en el parque, el gran tema de conversación no era «he visto un walkthrough increíble», sino «¡encontré el pasadizo secreto de Green Hill Zone!» o «¿cómo demonios pasas el nivel de agua en el Teenage Mutant Ninja Turtles de NES?». La frustración era compartida, pero también lo era el triunfo. Era un conocimiento que se transmitía de boca en boca, a veces con mapas dibujados a mano en cuadernos, o con rumores que, para cuando llegaban a ti, ya habían mutado en leyendas urbanas.

Hoy en día, nosotros, los jugadores de cualquier edad, nos enfrentamos a un panorama muy distinto. La conectividad es la norma. Abrimos Steam un domingo por la tarde, “solo para una partida rápida”, y tenemos acceso a un universo de información. Un nuevo lanzamiento de PlayStation nos llega con parches día uno, guías optimizadas, y la posibilidad de ver a nuestro streamer favorito pasarse el juego en directo mientras nosotros apenas superamos el tutorial. La búsqueda de «dónde está X objeto» o «cómo vencer a Y jefe» dura lo que tardamos en escribir la pregunta en Google. La épica del descubrimiento solitario se ha transformado en la eficiencia de la información compartida.

Y no es que sea algo malo, para nada. Bendita la comodidad de una wiki cuando el tiempo escasea y la pila de juegos sin tocar en nuestro backlog de Game Pass clama por atención. Mi biblioteca de Steam, lo confieso con una pizca de autocrítica y cariño, tiene más juegos sin abrir que mi nevera en un lunes de resaca. La vida adulta nos ha enseñado el valor de la optimización, y a veces, la gratificación instantánea es un bálsamo para el alma cansada.

Pero, ¿qué hemos perdido en el camino? ¿Esa sensación de misterio, de ser un verdadero explorador en tierras inexploradas? Esa paz silenciosa de intentar desentrañar un puzle sin ayuda externa, solo con la lógica, la intuición y una buena dosis de cabezonería. Yo echo de menos esa melancolía bonita de pasar un buen rato perdido, de sentir que cada pequeño avance es un logro personal, no una ruta preestablecida.

Quizás, la ironía es que muchos de los indies modernos, con su delicioso arte pixelado y sus mecánicas minimalistas, nos están invitando de nuevo a esa práctica. Juegos como Stardew Valley o Celeste tienen secretos que no se revelan a la primera, que exigen un poco de esa vieja «observación». Nos piden que nos detengamos, que miremos, que no corramos. Que volvamos a esa mentalidad de la Game Boy, o de la SNES, donde la clave no estaba en la velocidad, sino en la profundidad de la mirada.

En esos momentos, cuando el internet falla, o cuando elijo conscientemente desconectarme, encender una consola vieja (o un emulador bien configurado) y simplemente jugar, es cuando siento que vuelvo a esa época. Cuando la pantalla es un lienzo, y yo soy el detective. El café se enfría, la noche avanza, y el reloj marca una hora que ya no importa. Solo estoy yo, el juego, y la promesa de un descubrimiento, de un píxel que delatará un secreto.

Y tú, ¿qué recuerdas de esos momentos de «análisis offline»? ¿Qué juegos te obligaron a mirar más allá de la pantalla, a desentrañar sus misterios con la paciencia de un artesano? Quizás no dejamos de jugar: solo cambiamos los mundos donde seguimos viviendo, y a veces, vale la pena recordar cómo solíamos explorarlos.

Hasta la próxima, no olvides cargar tus consolas… ¡y revisar si la salida de emergencia está desbloqueada!