Mis clásicos, el café y ese vicio de volver a jugar

A veces, el verdadero descubrimiento en los videojuegos no radica en los estrenos modernos, sino en volver a sumergirse en nuestros clásicos favoritos. Este texto reflexiona sobre la poderosa experiencia emocional que brindan esos juegos atemporales, y la conexión que establecemos con ellos a lo largo de los años.

  • Apreciar lo clásico: No es solo nostalgia; es volver a conectarse con experiencias pasadas.
  • Reto gamer: Un llamado a redescubrir un juego antiguo durante el fin de semana.
  • La música como acompañante: La banda sonora del pasado puede realzar la experiencia de juego.
  • Evolución del jugador: Cómo hemos cambiado como gamers a lo largo del tiempo.

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

Tabla de contenidos

Apreciar en videojuegos clásicos

Hay mañanas de sábado, o cualquier otro día honestamente, en las que me encuentro a mí mismo divagando frente a mi biblioteca digital. Cientos de títulos brillan desde el vacío cósmico de Steam, Game Pass o la PlayStation Store, promesas de mundos inexplorados, aventuras por vivir. Y sin embargo, mi mano –o, mejor dicho, mi cursor– tiene una extraña tendencia a desviarse hacia esa carpeta de “Clásicos Emulados”, o a la sección de “Re-descubrir” de alguna plataforma que, irónicamente, sugiere juegos de hace veinte años.

Es en esos momentos cuando me doy cuenta de que, a veces, la verdadera novedad no está en el lanzamiento de turno con sus gráficos fotorrealistas y sus mundos infinitos, sino en el acto simple y profundo de apreciar en videojuegos clásicos.

Redescubrimiento personal

No hablo de una apreciación vacía, de un «qué bien se jugaba antes» con un tono de anciano gruñón que recuerda un tiempo que ya no existe. Hablo de algo más sutil, casi un susurro. Es esa sensación de volver a encender una vieja consola –si tienes la suerte de que aún funcione y tu paciencia con los cables no se agote–, o simplemente de cargar la ROM de un juego que no tocabas desde que tenías la edad suficiente para creer que podrías derrotar a Ganon en un fin de semana. Y entonces, ocurre la magia: un descubrimiento inesperado.

Yo, que me he pasado años persiguiendo la última moda, el indie de moda con su propuesta rompedora, he encontrado en el reencuentro con lo añejo una fuente inagotable de asombro. Es como si el paso del tiempo le hubiese quitado el polvo a la pantalla, permitiéndome ver con ojos nuevos lo que antes daba por sentado.

La simplicidad de un Super Mario World en la Super Nintendo, con sus saltos precisos y sus secretos escondidos detrás de cada nube sospechosa, de repente no es «simplista»; es elegantemente diseñado. La banda sonora de Chrono Trigger no es solo un conjunto de melodías pegadizas; es una obra maestra que evoca emociones profundas sin necesidad de orquestaciones sinfónicas. Y no me hagan hablar del primer Doom, que con sus píxeles gruesos y su ritmo frenético, todavía logra hacerme saltar del asiento más que cualquier shooter moderno.

La banda sonora de la vida

Lo que descubrimos al apreciar estos clásicos no es solo cómo eran los juegos, sino cómo éramos nosotros cuando los jugábamos. Es una arqueología personal, un viaje a través de nuestras propias capas de experiencia. Yo, por ejemplo, juraría que entendía el mapa de Metroid como la palma de mi mano. ¡Qué ingenuo! Al volver a Super Metroid, me he encontrado perdido, explorando pasillos que nunca antes había notado, descubriendo potenciadores que mis ojos de niño pasaron por alto.

Es como si el juego se hubiera expandido, no en contenido, sino en mi propia percepción. No solo redescubro el juego, me redescubro a mí mismo como jugador. La impaciencia de la juventud ha dado paso a una curiosidad más madura, una disposición a detenerme y observar, a escuchar los sonidos ambientales que antes ignoraba por mi prisa por avanzar.

Y aquí es donde entra en juego la banda sonora de la vida, la que nos acompaña mientras jugamos. La música, ese telón de fondo de nuestras glorias y frustraciones gamers. Para realzar esta inmersión en el pasado, ¿qué tal una playlist de Spotify cuidadosamente curada con esos éxitos retro que te transportan a otra época? No solo chiptunes, no. Pensemos en los géneros que dominaban las radios cuando esos juegos eran lo más: el pop ochentero para los arcades, el grunge noventero para las aventuras más oscuras, o incluso ese electro-swing para cuando queremos sentirnos sofisticados mientras construimos algo en SimCity 2000.

La música adecuada convierte la experiencia de juego en un viaje multisensorial, una máquina del tiempo con botones y joysticks. Yo he probado a jugar Castlevania: Symphony of the Night con una playlist de jazz-rock instrumental, y juro que el castillo de Drácula nunca sonó tan sofisticado y peligroso a la vez. Es una capa adicional de nostalgia y descubrimiento, una forma de engañar a nuestro cerebro para que sienta que el tiempo no ha pasado, o que lo ha hecho de la forma más bella posible.

Reto gamer de fin de semana

A menudo, nos prometemos que esta vez sí, que la próxima semana vamos a desmantelar ese backlog de Steam que nos mira con ojos acusadores desde el abismo de los terabytes. Pero ¿y si, en lugar de esa autoimposición, nos permitimos un momento de suave rebeldía? Por eso, propongo un reto gamer de fin de semana, algo que escape a la lógica de la eficiencia y abrace el puro placer del redescubrimiento.

El reto es sencillo: este fin de semana, elige un videojuego clásico que siempre quisiste jugar pero nunca hiciste, o uno que amaste en el pasado y no has tocado en años. No importa si es de NES, SNES, N64, PlayStation, PC de la vieja escuela o incluso un arcade de esos que solo veías en las pizzerías. Carga esa ROM, desempolva esa consola, o busca esa edición remaster que te has negado a comprar.

El objetivo no es terminarlo, ni ser un experto, ni siquiera «superarlo» en el sentido moderno de la palabra. El objetivo es observar. Observar el diseño de niveles, la ingeniosa forma en que los programadores lidiaron con las limitaciones técnicas de la época, la paleta de colores, la forma en que el protagonista se mueve o el impacto de esa melodía que se repite una y otra vez.

Yo voy a intentarlo con Monkey Island 2: LeChuck’s Revenge. Prometí jugarlo en su momento, me reía con sus frases, pero nunca lo terminé. Ahora, quiero volver a ese humor absurdo, a esos puzles que me hacían arrancarme el pelo (literalmente) y ver si, con la perspectiva de los años, encuentro nuevas capas de genialidad. Quizás descubra que el verdadero tesoro no era Big Whoop, sino la forma en que los desarrolladores tejieron una historia tan hilarante y, a la vez, tan entrañable.

Porque, al final, apreciar en videojuegos clásicos no es solo una actividad de ocio; es una forma de entender la evolución de un arte que amamos, y de la nuestra propia como jugadores y personas. Nos muestra que la belleza no siempre reside en lo nuevo y lo brillante, sino a menudo en lo atemporal, en lo que logra con menos recursos transmitir más emociones. Es un recordatorio de que algunos de los mejores regalos que hemos recibido en la vida, esos mundos pixelados y melodías de 8 bits, siguen ahí, esperando pacientemente a que volvamos a visitarlos.

Y quizás, solo quizás, no dejamos de jugar: solo cambiamos los mundos donde seguimos descubriendo quiénes somos. ¿Qué tesoro te espera a ti este fin de semana, escondido entre los polvorientos bits de un pasado no tan lejano?

No olvides mantener tu mando en buena forma, por si el tiempo se vuelve a poner retro y el poder de los pixels nos llama de nuevo.