La fascinación por los *speedruns* en los videojuegos nos conecta con la pura esencia del juego y nuestra propia forma de jugar. En este artículo, exploraré cómo estos eventos pueden transformar nuestro enfoque hacia los videojuegos, y cómo, a pesar de la velocidad de estos desafíos, podemos encontrar inspiración para jugar a nuestro propio ritmo y descubrir nuevas facetas de creatividad personal.
- Conexión a través de los videojuegos: El *speedrun* nos ofrece una conexión más profunda con la esencia del juego.
- Nostalgia versus velocidad: Dos formas diferentes de experimentar un videojuego y cómo se complementan.
- Redescubrimiento personal: Cada *speedrun* inspira a evaluar nuestra propia forma de jugar.
- Creatividad retro: La combinación de técnica y nostalgia que nos insta a explorar más allá de lo habitual.
Tiempo estimado de lectura: 7 minutos.
Tabla de contenidos
Conectar en ocio digital
Hay días en que la pantalla de mi ordenador se siente como la ventana a un universo paralelo, no solo porque a veces me traga entero durante horas, sino porque a través de ella se asoman realidades de juego tan dispares que casi me dan vértigo. Hoy, mientras sorbía un café ya tibio, me puse a observar un fenómeno que siempre me ha fascinado: el speedrun. Es una de esas formas de conectar en ocio digital que no implica un chat de voz con amigos, ni una partida competitiva, sino una conexión más sutil, casi telepática, con la pura esencia del juego.
La magistralidad del *speedrun*
Nosotros, los de Viernes de Videojuegos, solemos sumergirnos en la nostalgia como quien se arropa con una manta vieja y cómoda. Abrimos Steam un domingo por la tarde, “solo para una partida rápida”, y de pronto, las sombras de la noche se alargan. Pero luego está esa otra dimensión, la del speedrun. Esa crónica sonora, casi orquestal, de alguien que destroza las barreras temporales de un videojuego.
No hay exploración, no hay diálogo con NPCs secundarios, solo hay misión: llegar al final. Recuerdo un speedrun de un clásico de Nintendo 64, uno de esos juegos que pasé semanas desentrañando. Ahí estaba este humano, saltándose paredes y caídos, explotando cada glitch como si fueran atajos bendecidos por una deidad cósmica.
Lo primero que sientes es asombro, claro. Luego, quizás, una pizca de envidia. Pero si te quedas un poco más, si escuchas esa crónica sonora que se despliega ante ti —el clic-clac frenético de los botones—, empieza a nacer algo diferente. Es una conexión. No con el jugador, sino con la pura arquitectura del juego.
Inspiración en velocidad
De repente, ya no solo veo a alguien rompiendo el juego; veo a alguien bailando con sus mecánicas. Es como ver a un artista que desmonta un motor. Y ahí se despierta, al menos en mí, una extraña creatividad retro en mi forma de jugar.
Si ellos pueden ver el juego de esa manera, ¿qué significa para mi propia y deliciosamente ineficiente forma de jugar? No para *speedrunnearlos*, sino para entenderlos. Para desobedecer, con cariño, las reglas no escritas que me impongo.
La paradoja del *speedrun* para el jugador casual y nostálgico como yo. Te muestra una forma de juego tan alejada de tu experiencia, que al final te inspira a explorar los límites… pero a tu propio ritmo. Es un acto de rebeldía lúdica, un pequeño desafío personal.
Redescubriendo juegos a nuestro ritmo
Me doy cuenta de que conectar en ocio digital no siempre significa unirse a una *raid* o una partida de *Fortnite*. A veces, es conectar con la maestría de otros, que a su vez nos conecta con la nuestra propia. Es pensar: ¿Cuántas capas de creatividad personal puedo aún descubrir?
A veces, después de ver uno de estos videos, me sorprendo abriendo un juego que ya he pasado mil veces, no para revivir la historia, sino para buscar ¡esa pequeña fisura! Para probar ese salto al vacío que nunca antes me atreví.
Despedida irónica
Y así, aquí estamos, queriendo ser un speedrunner en un mundo lleno de cafés fríos y vidas de gamer. A veces me pregunto si algún día les contaremos a las nuevas generaciones cómo solíamos jugar “a nuestra manera”. Solo espero que tengan la misma curiosidad por apretar todos los botones, incluso los que claramente NO deberían.